Soy Miguel Ángel Reche Psicólogo Terapeuta Experto en psicología transpersonal y positiva. Dirijo talleres y tengo consulta en Sevilla: reche2@yahoo.es o 655090215
Centro de Psicología y Terapias Alternativas de Tomares y Sevilla.
Centro de Psicología y Terapias Alternativas de Tomares y Sevilla. PSICOLOGÍA CLÍNICA INFANTIL Y DE ADULTOS. TALLER DE CONOCIMIENTO Y TRABAJO PERSONAL. CURSOS DE FORMACIÓN A PADRES Y MADRES. TALLERES PARA ADOLESCENTES Y NIÑOS en Colegios y AMPAs. CONTACTO: centrodepsicologiayterapias@gmail.com o 655090215
jueves, 19 de septiembre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
El diario del loco
Autoconocimiento y desarrollo personal. Día 20:
El jefe ilimitado era venenoso, transmitía a su alrededor un veneno que provoco tres enfermedades contagiosas y desconocidas hasta entonces, y prácticamente incurables: el tedio, la cólera y el miedo.
Fama y altruismo
Se da mucha importancia a los efectos buenos y malos - reales o imaginarios- de la fama sobre los individuos que se convierten en famosos.
Además, hay peligros que amenazan a aquellos que apoyan a los famosos y a aquellos que se oponen a ellos.
Por cada persona corrompida por su propia reputación, miles son dañadas por tomar partido en pro o en contra de tal individuo. La gente que corteja la fama, y aquellos que no intentan evitarla, pueden ser accesorios en este proceso.
El trabajo anonimo de los grandes hombres de nuestra tradición lo genera el conocimiento de estos hechos.
El verdadero amor, el verdadero conocimiento, la verdadera acción, depende de una base real. La fama humana socava fácilmente este base.
Cuanto más prominente se vuelve el hombre real, mayor es su contribución encubierta al bienestar del hombre.
Lo mismo es cierto en cuanto a la fama de una doctrina, dogma o institución.
Recuerda: "No el hombre ni los medios, sino el trabajo".
Otros tipos de pensamiento funcionan asimismo, pero en un nivel inferior.
El trabajo sólo puede practicarse en una verdadera situación de trabajo. esto se da tan sólo en escuelas genuinas. Imaginarse que uno está "trabajando" o que se está "preparando para trabajar" es un autoengaño.
Además, hay peligros que amenazan a aquellos que apoyan a los famosos y a aquellos que se oponen a ellos.
Por cada persona corrompida por su propia reputación, miles son dañadas por tomar partido en pro o en contra de tal individuo. La gente que corteja la fama, y aquellos que no intentan evitarla, pueden ser accesorios en este proceso.
El trabajo anonimo de los grandes hombres de nuestra tradición lo genera el conocimiento de estos hechos.
El verdadero amor, el verdadero conocimiento, la verdadera acción, depende de una base real. La fama humana socava fácilmente este base.
Cuanto más prominente se vuelve el hombre real, mayor es su contribución encubierta al bienestar del hombre.
Lo mismo es cierto en cuanto a la fama de una doctrina, dogma o institución.
Recuerda: "No el hombre ni los medios, sino el trabajo".
Otros tipos de pensamiento funcionan asimismo, pero en un nivel inferior.
El trabajo sólo puede practicarse en una verdadera situación de trabajo. esto se da tan sólo en escuelas genuinas. Imaginarse que uno está "trabajando" o que se está "preparando para trabajar" es un autoengaño.
Sabias reflexiones para meditar.
Puntos de vista
Saadi de Shiraz, en su Bostan, afirmó una importante verdad cuando contó una diminuta historia:
Un hombre se encontró con otro, que era apuesto, inteligente y elegante.
Le pregunto quien era. El otro respondió: “ Soy el Diablo”.
“Pero no puedes serlo”, dijo el primer hombre, “ya que el diablo es malvado y feo”.
“Mi amigo”, dijo Satanás, “has estado escuchando a mis difamadores”.
Presencia y Ausencia
Cierta persona puede tener, como usted dice, una maravillosa presencia; no lo se. Lo que sí sé es que tiene una ausencia perfectamente encantadora.
Mejoramiento
Si quieres hacer feliz a un hombre común, o hacerle creer que es feliz, dale dinero, poder, halagos, regalos, honores.
Si quieres hacer feliz a un hombre sabio… ¡mejórate!
Creer que uno sabe
La gente que cree que lo sabe todo es a menudo tan insufrible, como aquellos que imaginan que no saben nada.
Generosidad y sabiduría
¿Cómo están relacionadas la generosidad y la sabiduría?
He aquí una forma:
Una persona generosa puede no ser sabia: pero, a diferencia de otros, tiene los medios para lograrlo.
Saadi de Shiraz, en su Bostan, afirmó una importante verdad cuando contó una diminuta historia:
Un hombre se encontró con otro, que era apuesto, inteligente y elegante.
Le pregunto quien era. El otro respondió: “ Soy el Diablo”.
“Pero no puedes serlo”, dijo el primer hombre, “ya que el diablo es malvado y feo”.
“Mi amigo”, dijo Satanás, “has estado escuchando a mis difamadores”.
Presencia y Ausencia
Cierta persona puede tener, como usted dice, una maravillosa presencia; no lo se. Lo que sí sé es que tiene una ausencia perfectamente encantadora.
Mejoramiento
Si quieres hacer feliz a un hombre común, o hacerle creer que es feliz, dale dinero, poder, halagos, regalos, honores.
Si quieres hacer feliz a un hombre sabio… ¡mejórate!
Creer que uno sabe
La gente que cree que lo sabe todo es a menudo tan insufrible, como aquellos que imaginan que no saben nada.
Generosidad y sabiduría
¿Cómo están relacionadas la generosidad y la sabiduría?
He aquí una forma:
Una persona generosa puede no ser sabia: pero, a diferencia de otros, tiene los medios para lograrlo.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
“LA SERPIENTE EMPLUMADA”. Misticismo y desarrollo personal.
….”Tenia yo ya el bastón en mi mano derecha. Lo dejé caer para apoyarme en el respaldar de la banca y con la mano izquierda pude tocar la parte dolorida de mi pierna. Cuando estaba inclinado me di cuenta de lo que acababa de decir, y levanté la cabeza para mirar a este hombre, sintiendo que tenía el rostro encendido devergüenza. Pero él sonreía inmutable, y con la misma expresión cariñosa y amable, dijo como si fuera la cosa más natural del mundo:
-Amén.
Tan violento fue el choque que esto me produjo, que no pude contener la risa y fue necesario que me tapase la boca con la mano para no provocar un escándalo. Acababa yo de decir una barbaridad ante este hombre que, a todas luces, tomaba muy en serio esta función religiosa.
Sin embargo, no sólo no se había mostrado violento ni molesto, sino que incluso había disipado mi vergüenza y mi culpabilidad de un modo tal que yo había caído en la más franca hilaridad.
Porque así como soy violento, tengo la risa fácil. Lo uno va con lo otro.
Hice un esfuerzo y me repuse hasta donde pude. Tomé el bastón y comencé a salir con mi acostumbrada torpeza. Este hombre ni siquiera hizo un ademán para ayudarme, y por ello me sentí agradecido. Su "amén" ya era una concesión notable a mi debilidad.
Cuando estuvimos afuera, sin embargo, me consideré obligado a darle una explicación, de modo que lo detuve y le dije:
-Señor, le ruego perdonarme. Créame que ha sido una exclamación involuntaria. El dolor fué muy agudo.
-Comprendo,-me dijo él. Esos dolores son verdaderamente agudos. Dadas las circunstancias, su exclamación es natural. No tiene porqué disculparse ante mí.
Confieso que pasó mucho tiempo antes de que entendiese su frase. Aun ahora me parece inexplicable. Pero en ese momento ni pensé en ello ya que estaba preocupado en formular mis disculpas y corresponder con decoro a las deferencias que él había tenido conmigo, de modo que le dije:
-Me doy cuenta de que mi exclamación debe haberle herido en su devoción. Ha sido Ud. demasiado deferente conmigo y no quisiera producirle un desagrado. Al fin y cabo, mi devoción no es igual a la suya; yo no vengo al templo a adorar ni a pedir perdón por mis pecados porque sé que no tienen perdón y que, además, no lo merezco. Vengo a pedir ayuda para menesteres muy poco espirituales. Como podrá Ud. ver, sumo un pecado a otro, y todo por un dolor en la pierna.
Fué en esta oportunidad en que me endilgó su primera paradoja. Hablando muy intencionada y pausadamente, dijo:
-Lo mismo que el bien y la virtud, el pecado y el mal sólo pueden darse en la vigilia. Quien duerme, duerme; para el dormido no hay pecado, como no hay bien ni hay virtud. Hay solamente sueño.
Lo miré expresando cierta sospecha de hallarme frente a un loco, pero su mirada era tan limpia, estaba tan fija en mis ojos, sin por ello ser impertinente, que vacilé antes de completar mi juicio. No dije nada. Él continuó:
-En realidad, nadie peca deliberadamente; nadie puede hacer el mal deliberadamente. En el sueño las cosas son como son y de la única manera en que pueden ser. Cuando se está dormido, no se tiene control ni dominio sobre lo que ocurre en los sueños.
-Confieso que no puedo entenderle,- dije.
-Es solamente natural que así sea. Olvide este incidente que no tiene mayor importancia.
-Pero mucho me temo que le haya herido a Ud. con esa expresión totalmente involuntaria.
-No, no me ha herido Ud. en forma alguna. Se ha herido a sí mismo. La inmensa mayoría de los hombres se hieren a sí mismos en esa forma, justamente porque casi todo cuanto piensan, sienten y hacen es involuntario.
-Me agradaría poder comprenderle. Lo que me dice es muy confuso y lamento que mis preocupaciones no me permitan reflexionar sobre el sentido de sus palabras.
-Aún en el sueño el hombre tiene cierto poder de elección, muy limitado por cierto; pero lo tiene. De todos modos, cuando lo ejercita, este poder aumenta. Si su interés en comprender es sincero y profundo no le será difícil darse cuenta de que el hombre dormido puede elegir entre despertar y seguir durmiendo.
No estaba yo interesado en acertijos de esta especie. Sin embargo, me atrajo la manera de hablar de este hombre. Pero tenía prisa en llegar a mi oficina para ver si se había cumplido o no mi último pronóstico. Además, la crisis general en Europa nos traía a todos muy atareados, de modo que mi ánimo no estaba predispuesto a meditar en las cosas que acababa de oír. Para no pecar de grosero, le dije:
-Seguramente lo que Ud. dice es muy cierto. Al menos, en mi caso así lo es. Me siento aliviado de no haberle ofendido en sus sentimientos religiosos. Trataré de ser más cuidadoso en el futuro. Ahora le ruego me disculpe, pues debo ir a mi trabajo.
Estaba a punto de decirle el acostumbrado "hasta luego", cuando él me interrumpió:
-No tengo rumbo fijo, de modo que si me lo permite le acompañaré.
Yo siempre había evitado la compañía de amigos y conocidos, sabiendo que mi cojera les producía impaciencia en vista de que yo debía poco menos que arrastrar la pierna herida. Y estaba a punto de decirle que no, que tenía mucha prisa, cuando advertí lo incongruente de mi disculpa. No podía, en forma alguna, hablar yo de andar aprisa. No sabiendo que hacer, sólo atiné a decirle:
-Con el mayor gusto.
Pero interiormente hervía de rabia. Este hombre se imponía sobre mi voluntad de una manera tan suave, y a la vez tan resuelta, que no pude ocultar mi irritación y comencé a moverme en silencio. Cada uno de sus gestos fué, sin embargo, considerado. Mientras yo bajaba dificultosamente los escalones del templo hacia la vereda, él me dijo que se adelantaría a comprar cigarrillos.
Cuando nuevamente estuvimos juntos, jugó con el paquete y al llegar a la esquina no tuvo aquel piadoso gesto, que tanto me irritaba en los demás, de ayudarme a cruzar hacia la vereda opuesta. Caminó a mi lado muy naturalmente, como si mi andar fuese el de un hombre normal. No obstante, me parece que él captó mi irritación interior, pues me dijo:
-Los dolores como el que Ud. sufre son lo que Ud. expresó en la iglesia. Y me agradaría que lo arrojase fuera de sí.
Esto únicamente aumentó mi irritación. Estuve a punto de decirle que la compasión me era enfermante y que, de todos modos, a él mal podía en verdad importarle si yo estaba o no sufriendo un dolor. Pero algo me contuvo, y guardé silencio. Caminábamos a mi paso, muy lentamente.
Durante un trecho ambos guardamos silencio. Comencé a recordar que a mi vez, en más de una oportunidad, yo también había deseado vivamente la desaparición de los dolores que sufrían otros heridos más graves, especialmente en los hospitales de sangre. De modo que pensé que quizás este hombre no era un hipócrita al decirme lo que sentía con respecto a lo mío. Comencé a sentirme más tranquilo y a la vez cobré más confianza hacia él. Me ofreció un cigarrillo y al observar mi ademán de buscar fósforos en el bolsillo, con el bastón colgado al brazo, me dejó hacer. Sentí simpatía por él, y decidí confiarle mi bochornoso secreto:
-Espero no ofenderlo con lo que le voy a decir, pero la realidad es que acudo a la iglesia a ver si ayudándome con las oraciones obtengo un poco más de entendimiento con que desempeñarme mejor en mi empleo. Espero así ganarme un aumento de sueldo. Lo necesito y trabajo horas extras para poder costear la operación de mi pierna y quedar sano. Pero no piense Ud. que yo espero que me ocurra un milagro; pido, además, otras cosas que quizás sean demasiado mezquinas.
-Comprendo, me dijo.
-Espero poder juntar la suma necesaria dentro de poco. Cuando pueda caminar bien podré trabajar mejor y hacerme de una carrera y de un nombre.
-Por lo visto tiene Ud. un propósito bastante preciso.
-Bueno; sin un propósito preciso es muy poco lo que uno puede hacer, le dije.
-Es una gran cosa tener un propósito preciso, saber lo que se quiere. Es mucho más importante de lo que los más imaginan. Pero son muy contados los hombres que realmente saben lo que quieren en la vida; algunos creen saberlo, pero se equivocan. Confunden los fines con los medios que usan, y a veces sucede que los medios son su verdadera finalidad. Pero como los ven como medios, porque no pueden ver más ni mejor, utilizan grandes y sublimes medios para fines bastantes mezquinos. Así es como se prostituye el conocimiento.
Este comentario me produjo un malestar interior y contesté:
-¿Se refiere Ud. a mi caso, al hecho de que no acudo a la iglesia con fines espirituales?
- No,- me dijo él-. Hablo en términos generales. No creo que Ud. me haya autorizado para tratar directamente las cosas íntimas suyas. Por lo demás, cuando quiero decir una cosa la digo directamente y sin rodeos.
- Quizás le llame a Ud. la atención mi actitud en la iglesia. Pero es el caso que no sé rezar, tampoco sé adorar. Sólo sé pedir, y pido a mi manera. La religión dejó de interesarme por muchas razones.
-Pero, por lo visto, Ud. no ha perdido la fe y eso es lo único que verdaderamente importa.
Tanto más en su caso particular. Hay mucho que decir sobre la fe. Es algo que debe crecer en el hombre. Y en cuanto a saber rezar, es más sencillo de lo que Ud. supone. En nuestros tiempos se ha complicado mucho el sentido de la oración. Yo opino que cuando se sabe lo que se quiere y se lucha por alcanzarlo, aún cuando no se lo formule en palabras, se está en permanente oración.
Alguna vez leí en alguna parte que todo querer profundo es una oración y que jamás queda sin respuesta; el hombre siempre recibe aquello que pide. Pero como por lo general el hombre no sabe lo que su corazón realmente quiere, tampoco sabe pedir lo que mejor le conviene.
De ahí que estime que el Padre Nuestro, por ejemplo, es una oración accesible tan sólo a un corazón sediento de verdad y hambriento de bien. Todo verdadero milagro estriba en eso, pero el hombre moderno ya no lo ve en esta forma, y también ha perdido el verdadero sentido de lo milagroso. Lo busca fuera de sí mismo, en lo fenomenal. El hombre moderno ha olvidado muchas cosas sencillas y este olvido es la verdad subyacente en el concepto del pecado original.
- Yo no creo en los milagros, repuse.
- Es posible que tal sea su formulación. Pero permítame que ponga en duda sus palabras.
- ¿Cómo no voy a saber lo que yo mismo creo?
- Los hechos lo revelan. Es muy sencillo, si los observa bien. Si Ud. no creyese en lo milagroso no acudiría a la iglesia.
Y sin darme una oportunidad para responder, se despidió diciendo:
- He disfrutado mucho de su compañía. Se lo agradezco. Quizás podamos volver a estos temas si Ud. tiene interés en ellos. ¿Irá Ud. mañana a la iglesia?
- Con seguridad, le dije. Si estoy vivo.
- Y si Dios lo permite, agregó él muy seriamente”...........
Hay dos opciones.
ÉRIC-EMMANUEL SCHMITT,
DRAMATURGO, ESCRITOR, GUIONISTA Y DIRECTOR DE CINE
Hay dos opciones, o habitas el misterio con miedo y angustia o lo haces con fe, es decir, confianza.
De eso hablan todos mis libros y películas, de personajes que confían en lo desconocido, que viven con los brazos abiertos y que luchan contra las fuerzas negativas, la angustia y el miedo.
¿Y usted vive como sus personajes?
Sí, siempre estoy de buen humor, lo que sorprende a la gente, y soy infinitamente curioso. Una cosa que me ayuda a disfrutar de la vida es la imaginación, que me permite explorar todas las puertas del presente.
¿Cómo aplica la imaginación a la realidad?
La imaginación es dejarse invadir por el mundo y por la gente. Cuando estoy frente a alguien, me dejo penetrar por todas las sensaciones y las imágenes que emanan de ese individuo; es un conocimiento empático.
¿Y desde cuándo?
Tenía 29 años, me apunte a un viaje de aventura: diez días caminando por el desierto del Sáhara y me perdí.
¿Sin agua y sin comida?
Sí. Llegó la noche y pensé que iba a morir de miedo, pero ocurrió todo lo contrario. Me invadió la confianza, pasé una noche mística. Entré en ese desierto ateo y salí creyente. Me costó años poder hablar de ello, pero terminé confesando porque siempre me preguntan de dónde viene el optimismo de mis obras, y la fuente viene del desierto. Habito la vida con confianza.
¿No era así de niño?
Era alegre, pero extremadamente angustiado, tenía miedo a la nada y la idea de que la vida era inútil, un puro fenómeno material; hoy creo que es algo más que una agitación de moléculas y que todo está justificado.
Pues me ha partido el corazón.
El tema que trato en Cartas a Dios es duro, pero es una película optimista; un himno a la vida aunque la vida sea breve y frágil. Creo que hay que amar la vida como es, sin ilusiones, sabiendo que es corta, vulnerable y llena de dolor.
¿Cuándo fue la primera vez que se acercó a niños terminales?
Mi padre era fisioterapeuta y trabajaba con ellos. Desde que cumplí los ocho años, todos los jueves y los sábados, me llevaba con él al hospital; así que crecí pensando que lo normal era estar enfermo y lo excepcional tener salud.
¿Aprendió algo?
Al principio tuve miedo; luego aprendí que no tenía que permitir que la enfermedad construyera un muro entre ellos y yo. Y hablo de ello en la película: los padres de Oscar ven la enfermedad de su hijo en lugar de a su hijo, y el niño no lo entiende; cree que no le quieren. No hay que dejar que las situaciones se interpongan entre las personas.
Qué difícil es eso.
Ya adulto acompañaba a una amiga que iba a los hospitales de voluntaria. Jugando con los niños descubrí que son mucho más francos y directos. Cuando están en situaciones frágiles, quieren hablar de la enfermedad, de la muerte, de todo lo que les ocurre. Son los adultos los que están asustados, y crean angustia con su silencio e hipocresía.
Su película tiene algo muy profundo.
Un amor visceral por la vida tal y como es; no tal y como quisiéramos que fuera. Para mí, ser feliz no es tener una vida distinta a la que tengo, es entrar completamente en la que tengo; no es protegerse del dolor o la desgracia, es integrarlos en las tramas de la existencia. Con la misma vida puedes ser feliz o desgraciado; es una actitud mental.
¿Una actitud que usted ha aprendido?
Sí, puedes luchar contra tu negatividad y pesimismo. Eso quiere decir que la inteligencia y la experiencia pueden servir para algo.
Se adivina que ha vivido la muerte.
Sí, he acompañado a personas cercanas, a veces en largas agonías, y me ha hecho entender que era urgente amar y decir que amas; no hay tiempo que perder.
Sus mujeres son fuertes y tiernas.
Para mi el hombre es simplicidad y la mujer complejidad. Cuando una mujer dice no, nunca quiere decir no, ni cuando dice sí. La mujer es paradójica, es fuerza y herida. Si no veo su herida, no puedo entenderla.
¿Cómo es su madre?
Una fuerza sin ambigüedad ni ambivalencia. Creo que mi madre es un hombre.
¿Qué quiere contar?
Tengo una obsesión: mostrar que cada uno de nosotros podría haber sido el otro. Incluso escribí un libro sobre Hitler para demostrar que convertirse en un bárbaro está al alcance de cualquiera. Hay una búsqueda ética: cultivar lo mejor en lugar de cultivar lo peor, y por tanto una dimensión moral.
Cuesta trabajo ser bueno.
Sí, el mal se hace rápido y el bien es laborioso. En un segundo lo puedes destruir todo; por ejemplo, con un niño o en el amor con una sola frase.
¿Cómo se aprende la confianza?
Aceptando que no todo es racional, aceptando abrir las puertas de la sensibilidad y la irracionalidad de la vida. Hay que amar la necesidad y todo lo inevitable.
Pensar no es bueno para tener confianza.
Cierto. El pensamiento es el espíritu crítico, pero es necesario pensar hasta que llegas a ese umbral en el que el pensamiento ya no sirve para nada y ahí has de tirarte de cabeza: o al miedo o a la confianza.
ESENCIA Y PERSONALIDAD
La esencia es la cosa con la cual se nació: la personalidad es lo que se adquiere. Y asimismo aquello con lo cual se nació es cambiado por todas las cosas que se adquieren, se aceptan, se consienten y se cree en ellas y se identifica con ellas. Por lo tanto una nueva persona crece en torno de la esencia original. Esta es la personalidad. Y todo ello debe tener lugar porque la esencia por sí misma no puede crecer más allá de cierto límite. Un hombre no puede crecer directamente desde la esencia. Esta es una de las cosas extrañas que enseña el Trabajo.
Ahora bien, a consecuencia de la formación de la personalidad el centro de gravedad de la conciencia se traslada desde la esencia (en la infancia) a la personalidad adquirida debido a las circunstancias peculiares en que se es educado y a las cosas particulares que lo han interesado por una parte, o han atraído su vanidad por la otra. De este modo, por así decirlo, se pierde la base original y se llega a ser algo adquirido,algo inventado. El sentimiento del "Yo" pasa exteriormente a toda clase de sentimientos que derivan de la vida. Un hombre ya no conserva una verdadera estabilidad interior cuando su sentimiento de sí deriva de la vida. Es decir, siempre teme que algo pueda sucederle, o a su fortuna, o a su posición, o a su reputación. Ello se debe a que se identifica con todo lo que la vida ha formado en él y significa que sólo se siente a sí mismo a través de la personalidad. Pero cabe la posibilidad de otros sentimientos de sí que no deriven de la vida y la personalidad, y esos sentimientos procuran a un hombre un sentido de estabilidad que nada que le sea exterior puede quitarle. Y es desde esos sentimientos como un hombre empieza a sentirse libre, porque no depende de nada que esté fuera de él, y por eso nada puede serle arrebatado. Tal hombre deja de ser un esclavo de las cosas exteriores.
Hablamos ahora de su niñez, cuando ingresó en el primer equipo de su escuela. Empezó entonces a sentirse a sí mismo exteriormente debido a este hecho y a llevar la gorra que le procuraba este sentimiento. Llegó a ser un hombre en el primer equipo y éste era su mayor sentimiento de "Yo". Luego lo expulsan del equipo. ¡Qué tragedia! Todo ello es necesario en relación con la primera educación. De este modo llega a ser esto o aquello, en la vida, tal como debe y es preciso que haga. Logra éste o aquel éxito y triunfo y así sucesivamente, y debe hacerlo. Es una especie de adiestramiento. Al comienzo es muy necesario. Todo ello forma sentimientos de sí en la personalidad, que, en resumidas cuentas, vive mediante la comparación con los otros. Es decir, por ejemplo, siente en sí mismo una pérdida en presencia de una persona que lleva una gorra más distinguida. Lo vuelvo a repetir, todo ello es muy necesario, pero proporciona un centro equivocado de gravedad. Supongamos que llega a ser un gran actor o un gran boxeador. No escuchará de buen grado los elogios que se hacen a otro actor u otro boxeador. ¿Por qué? Porque su sentimiento del "Yo" deriva de la personalidad y siente la pérdida del "Yo", una pérdida del sentimiento mismo de sí, si es aventájala por alguien. Pero todo ello prepara las ilusiones sobre el "Yo". Porque si tiene un vestigio o un verdadero sentimiento del "Yo", esto es imposible. El verdadero "Yo" no existe ni puede existir por medio de la comparación. Lo comprenderá si decimos que la personalidad vive generalmente por comparación, y basta estudiarse o estudiar a los otros a esta luz para ver con qué facilidad cualquier persona se conmueve o sufre, y qué endeble es el sentimiento del "Yo", con el cual la gente trata de seguir viviendo —esto es, el sentimiento del "Yo" que deriva de algún aspecto de la personalidad.
Por el momento mantengámonos en los grandes postulados del Trabajo que conciernen a la personalidad y la esencia. La tercera fuerza o fuerza neutralizante de la vida hace, y debe hacer, que la personalidad sea activa y la esencia pasiva. Así el Trabajo dice que si se pone en contacto con la tercera fuerza del Trabajo, que se opone a la vida, la personalidad debe llegar a ser gradualmente pasiva para permitir que la esencia se desarrolle. Toda evolución individual, todo verdadero desarrollo interior de sí, depende del crecimiento de la esencia. Si una persona está llena de falsos sentimientos de "Yo", de ideas inventadas sobre sí misma, luego no puede haber crecimiento de la esencia. El verdadero cambio interior es un desarrollo de la esencia —es decir, de la parte más real y profunda de sí. Para que ello tenga lugar, la personalidad debe llegar a ser gradualmente pasiva. Este es el verdadero significado de ser pasivo en el Trabajo. Es tornarse pasivo hacia la personalidad en sí mismo. De modo que cuando se dice que en la verdadera consideración externa es preciso ser pasivo, significa que se debe llegar a ser pasivo a las reacciones de la personalidad. Y esto exige el trabajo sobre si más consciente y más reconcentrado. Es decir, requiere un estado consciente interior muy activo. Y no debe suponerse que somos capaces de alcanzar este estado en un momento.
Debido a la formación de la personalidad, todos ustedes tienen maneras características, habituales de reaccionar ante las circunstancias y ante las otras personas. Si no le es posible observar sus reacciones típicas, su manera continua y mecánica de tomar las cosas y la gente, su acostumbrada conducta estereotipada, sus siempre repetidas manifestaciones desagradables, sus enfados y críticas, etc., claro es que ni siquiera sabe que tiene una personalidad adquirida. Se da a sí mismo por supuesto —como una especie de bulto sólido y virtuoso. Pero, aunque nos demos a nosotros mismos por supuestos con tanta facilidad, no somos una y la misma persona en diferentes momentos, tal como suponemos. No somos firmes. Si pudiéramos ver claramente que no somos una y la misma persona firme siempre, no nos daríamos por supuesto tal como lo hacemos. Una parte de nuestra vanidad y engreimiento que mantienen unida la personalidad nos dejarían. Es preciso recordar que la personalidad es múltiple. Está compuesta de muchos "Yoes" diferentes y contradictorios que fueron adquiridos. Y contiene también toda clase de otras cosas sobre las cuales a menudo habla el Trabajo: actitudes negativas, limitaciones, imágenes de sí mismo, asociaciones mecánicas, canciones, discos de gramófono, formas características de imaginación, estados negativos, formas características de mentira y, en suma, todo cuanto el lado práctico de este Trabajo nos enseña a notar y observar en nosotros mismos a lo largo de la vida. Una vez que el Trabajo comienza a actuar genuinamente sobre una persona, todas estas formas de sentimiento de sí, todos esos sentimientos de "Yo" que derivan de la personalidad, empiezan a disolverse. Pero a este respecto la acción del Trabajo es muy gradual, porque el Trabajo actúa sobre la gente con mucha suavidad y sólo en cuanto a lo que cada uno de nosotros puede soportar. Cuando se empieza a ver realmente algo en uno mismo, significa entonces que uno puede soportarlo. Si no se puede ver a ninguno de los "Yoes", significa que aun no se está pronto. Verse a sí mismo tal como se es en realidad, sería intolerable. Por eso la acción del Trabajo es gradual. Quizá se pueda vez algo —algún "Yo"— con el que, digamos, no 'Yo' mejor, se simpatiza, pero no es posible liberarse de él mientras no se vea o conozca y se lo prefiera, o mientras no se pueda liberarse de ese "Yo" sin que uno mismo corra peligro. Pero nos referiremos a este tema en la próxima disertación.
Regresemos ahora al significado de ser pasivo. En su sentido más lato significa ser pasivo respecto a la personalidad, y esto, a su vez, significa ser pasivo hacia sí mismo. ¿Es posible ser pasivo ante las objeciones que surgen mecánicamente durante cinco minutos? Pues bien, les aconsejo que observen cómo la personalidad reacciona a todos y a todo en cada instante. Es preciso trabajar sobre esta constante reacción mecánica con el fin de ser pasivo hacia sí mismo. Y esto exige un constante estado consciente de observación de sí. Nadie puede hacerlo por mucho tiempo. Pero se puede practicar el ser pasivo en este sentido por breve tiempo, digamos cinco minutos. Es preciso observar el momento en que se empieza a objetar interiormente —observar qué reacciones surgen en uno mismo— y tratar de ser pasivo hacia ellas, no hacia la gente que es la causa de que hayan surgido. ¿Es claro? Es preciso ser pasivo a las propias reacciones, no a la gente contra quien se reacciona. Para hacerlo es preciso estar despierto interiormente y ser capaz de ver los diferentes "Yoes" en uno y qué quieren decir y cómo desean obrar en ese momento.
Tratemos de aclarar este punto. ¿No comprenden que han adquirido muchas cosas en sí mismos a las que toman como si fueran ustedes? ¿No concuerdan en que debido a la educación, la imitación, el ejemplo, a todo cuanto les fue enseñado, tienen toda clase de ideas, ambiciones, estimaciones, valores, juicios, expectativas, modos de mostrar la antipatía y simpatía, maneras características de hablar y, en suma, muchas reacciones típicas hacia la vida? ¿Y es acaso exagerado decir que todas esas reacciones construidas y adquiridas son por lo general tomadas por ustedes como si fueran ustedes mismos? Las cree necesarias, claro está, o naturales, porque piensa que están en usted. Pero el verdadero usted, o más bien, el verdadero "Yo" en usted, no son todas esas cosas a las que se aterra y a las que toma como usted mismo. Si toma esta sencilla base como punto de partida empezará a comprender lo que significa ser pasivo —es decir, pasivo hacia sí mismo— o más bien, pasivo hacia lo que siempre ha tomado como usted mismo. Para ser pasivo hacia si mismo, es preciso no darse por supuesto a sí mismo. No existe tal "Yo" en uno. Cuando una persona, que está por completo identificada con su personalidad adquirida, dice, por ejemplo, "Yo pienso esto" "Yo pienso aquello", el Trabajo contesta: "¿Qué 'Yo' está hablando?" ¿No ve el poder de esta idea? ¿Y no puede aplicar el poder de esta idea de Trabajo a sí mismo? Por cierto no, si no empieza por dividirse usted mismo en diferentes "Yoes". Si se da a sí mismo por supuesto como algo sólido, no puede producirse en este caso la división de sí mismo y no será posible ningún cambio. La palabra 'Yo' le brotará de la boca a cada instante, pero no se dará cuenta que a cada instante el que habla es un "Yo" diferente. Un "Yo" vocifera, otro "Yo" habla tiernamente, y así sucesivamente. Empero no se da cuenta de que cada "Yo" es totalmente diferente. Es un terrible choque para el auto-engreimiento advertir que no hay tal "Yo". Pero a menos que esto empiece a vislumbrarse, nunca será capaz de ser pasivo hacia sí mismo. No puede empezar a ser pasivo hacia si mismo a no ser que se vea a sí mismo como muchas personas diferentes por medio de la observación interior y sepa distinguir sus diferentes "Yoes" y en especial cuál es el "Yo" al que nunca debe permitir que se haga cargo de sí. La próxima vez hablaremos más extensamente sobre la identificación consigo mismo, y las diferentes formas de practicar la separación interior. Diré aquí que nunca se debe permitir que pierdan su autoridad los "Yoes" que valorizan este Trabajo. Es preciso observar los "Yoes" con los cuales se concuerda. No permitir en uno la compañía de gente inoportuna. Recordar que se es una ciudad, con barrios bajos y calles peligrosas, y también hermosas calles y buenos ciudadanos. Recordar que se es una casa llena de sirvientes a quienes nadie controla. ¿Acaso nuestra primera educación no nos enseñó a no salir con gente inconveniente fuera de nosotros? Nuestra segunda educación nos enseña a no estar acompañados por "Yoes" equivocados dentro de nosotros. Nuestra primera educación es externa:nuestra segunda educación es interna. La vida no nos da la segunda educación. Sólo la enseñanza esotérica nos imparte la segunda educación —es decir, para quienes están buscando algo que difiera de la vida.
M. Nicoll
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